| El mostruo agazapado |
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En el silencio de la noche cargada de susurros, la negrura se cierne sobre la figura solitaria que se atreve a caminar por el estrecho sendero de tierra. Alguien avanza con los ojos abiertos, los labios resecos y temblorosos, alguien al que aterran el silencio, la soledad y el juego alternado de luces y sombras. Es un niño, quizás un muchacho. Aguza el oído tratando de escuchar los rumores nocturnos, las amenazas de las tinieblas. Y tiembla al oír el rumor sordo de sus propios pasos. La luz fantasmagórica de la luna mete sus dedos entre las ramas de los árboles frondosos y descubre sombras que quizá cobijan aves agoreras de picos curvos y ojos amarillos, murciélagos envueltos en el sudario negro de sus propias alas. Los dedos se alargan, atraviesan la espesura, llenan el camino, el espacio, rodean al niño y le estrujan el corazón. Sin embargo, el temerario gladiador continúa avanzando con la respiración suspendida, gira buscando al enemigo, las imágenes tortuosas que la imaginación y sus sentidos se empeñan en descubrir. Una masa viscosa e inquietante de niebla compacta se propaga desde la laguna, invade los bajíos y rodea los pies del caminante como si pretendiera digerirlos. El tiempo se estira, un viento helado susurra entre las hojas de los árboles, entre los pajonales yertos; se dirige a la nuca del pequeño, que se estremece de frío y miedo. De pronto, el niño se detiene, mira en derredor, da dos pasos atrás y queda paralizado de terror cuando me descubre a su lado. Entonces extiendo los tentáculos y lo agarro de un brazo; pero se me resbala y escapa corriendo mientras da un alarido. Creo que esta noche me quedo sin comer.
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