Construía casitas de juguete que habitaban clicks de Famobil con sombreros piratas o cascos de policía. Les pegaba etiquetas en el pecho o les escribía con rotulador los nombres con los que los bautizaba, les asignaba tareas y les buscaba pareja. Un día se cansó de la casa y le prendió fuego, con los muñecos en su interior.
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Se fueron los gitanos. Por la mañana, cuando salía del portal, vi las furgonetas, las mujeres cargando colchones y muebles, y un poco alejada, la pala del Ayuntamiento.
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Rosaura, si no lo era, tendía a la perfección. Yo era por aquel entonces un adolescente que observaba con devoción pícara a la vecina cuarentona. La observaba a ella en el patio de luces a través de la rendija de la ventana interior, fina como una espada, por donde entraba una luz de cuarzo.
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Conversaciones con una pelota |
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-No Willy, no insistas...sabes que no puedes venir conmigo… siempre estás igual. ¿Recuerdas aquella vez que te llevé? Aún tengo moratones por la paliza que me dio el patrón. Sí, sí que es verdad que cuando ruedas tú ruedan las ilusiones allí pero debe ser por eso por lo que no te dejan ir.
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El revisor conoció a la pareja en aquella línea de Cercanías.
A diario comprobaba sus billetes y los vio intimar en aquel tren de las ocho; los sorprendió tomándose de las manos y –fue cuestión de unos meses- achuchándose.
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En el silencio de la noche cargada de susurros, la negrura se cierne sobre la figura solitaria que se atreve a caminar por el estrecho sendero de tierra. Alguien avanza con los ojos abiertos, los labios resecos y temblorosos, alguien al que aterran el silencio, la soledad y el juego alternado de luces y sombras.
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