I Certamen de Relatos Hiperbreves

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Publicado : 08/03/2007 | Autor : santiago64
Categoría : Certamen de Relatos 2007 | Lecturas : 363 | Valoración :

  
 
Arturo está convencido de haber hallado finalmente el amor verdadero. No es que hasta entonces haya padecido frecuentemente los sinsabores del desengaño en que a menudo desemboca un enamoramiento profundo: el estudio de la física ha ocupado casi toda su insípida existencia en los cruciales años del aprendizaje sentimental y apenas ha destinado tiempo al amor y sus zozobras. Y, encima, ahora está en la mili.  Afortunadamente, ha conocido a Beatriz hace ya tres meses y ello proporciona a este periodo absurdo la oportunidad de ofrecer una versión más soportable. Quizá excede sus posibilidades, pero quiere pensar que entre ambos existe alguna forma de conexión química indemostrable. Esa tarde, sin embargo, se repite la penosa rutina del regreso en tren al cuartel, con Beatriz en el andén. Es domingo. Se pregunta si será consciente de cómo la necesita. Por eso, cuando, desde su vagón ya en marcha, la ve besándose con aquel muchacho en la estación, sólo puede darse una explicación: según la Teoría de la Relatividad la percepción que de un objeto tiene un observador está condicionada por el propio movimiento, de manera que tanto el tiempo como el espacio dejan de ser esas dimensiones inmutables en las que siempre se ha podido confiar para entender el mundo. Lo más probable, piensa, es que cada uno se encuentre en un extremo diferente del andén, tal vez ejecutando simultáneamente un mohín y un escorzo semejantes que, fundidos por la relatividad espaciotemporal, proyectan la ficción de un beso inexistente. El tren ha abandonado la estación y transita ahora a buena velocidad entre los descuidados almacenes de la periferia. La noche ha caído y las luces del vagón están encendidas. Arturo se contempla en el reflejo turbio de la ventanilla. Tiene los ojos húmedos y siente frío. La máquina experimenta entonces una sacudida seca al penetrar la oscuridad de un túnel.  Piensa en los agujeros negros. Siente como si uno lo succionara al interior de sus frías entrañas. Y también en la fecunda letra G de la ciencia, tan conspicua: G de Gravedad, G de punto G y G de gilipollas.
 



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