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Aurora Canales se bañaba calata todos los días a las dos de la tarde, sin importarle los alacranes que caían como racimo de uvas ni las miradas de nosotros, no tan niños, que no podíamos contener los suspiros a cada baldazo de agua que se evaporaba en la calentura de su piel. El baño no era más que un cubículo de tablones de madera puestos uno junto al otro, dejando entre ellos grandes rendijas que la persona que se bañaba tenía que colgar una gran sábana para evitar a los mirones. Estoy seguro de que ella nos sabía ocultos y con una maestría natural se bajaba la trusa roja, sin prisa, calculando sus movimientos, la tomaba con dos dedos y la lanzaba con tanta precisión que quedaba ondeando como una bandera roja en la horqueta más alta. Los alacranes amarillos seguían cayendo y se escurrían entre los ladrillos. Una vez, de frente hacia nosotros, se acarició las mamas turgentes cubiertas con pelusas de melocotones y disparó un chorro de leche caliente, que atravesó las rendijas de las tablas y fue a inundar los ojos del Canelo, que por esos tiempos andaba con mal de ojo: santo remedio. Fue la primera y única vez que vi a una mujer con trenzas en los vellos pubianos. Luego se echó el agua sobre la piel sedienta, cogió el jabón negro de pepa y se embadurnó los cabellos, curvas y hendiduras, demorándose más en cada trenza, luego jabonó cada uno de los dedos de sus pies, agachándose y dándonos la espalda.
Hasta ahora recuerdo esos hermosos pies en la soledad de mi cuarto. Mil alacranes juntos aguijonean mis partes pudendas y la única forma de calmarme es el recuerdo vaporoso del cuerpo desnudo de Aurora Canales.
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