|
Sólo te pido una hora más, y te la pido a tí, mi único amigo. Apunta mis voluntades, mis pecados y deseos, no me queda tiempo, pero si te vas, estaré acabado. Fue mi mayor temor, acabar así, los peores presagios se han cumplido, y dependo de tí. Hijo, ven a mis brazos, y escúchame, te lo ruego, no me mires de esa manera… al fin y al cabo pudo ser peor, aún nos tenemos, acércate… Ya lo comprendo, hijo, me voy a donde merezco, de donde nunca debí salir… ¿qué es lo que haces?… ¡ah! ¡Te acercas!... no, no hace falta, no me des comodidades, no las necesito, me voy, y no me las merezco. ¡Si!, ya está, mátame ya… muchos lo desean, y me temo que en el fondo tú también.
Al cabo de media hora se vio un hilo de sangre, que recorría imparable el suelo. El padre, paralizado, pálido y sin palabras intentó moverse en vano, llegar a su hijo, susurrarle unas palabras, sólo pudo mirar. Este había cumplido su objetivo, mandar a su odiado padre a la profundidad de los infiernos, viéndole descender, viendo humedecer los ojos secos y desafiantes que hasta entonces había conocido. Culminó su tarea, dejando a su padre sumido en la peor de las pesadillas y despidiéndose de él sobre un charco enorme de sangre.
|