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De nada me sirve cerrar los ojos y querer hundirme en el espejismo inquietante que me abraza, si tu imagen incesante regresa, y vuelve a mí esa confusión de sentimientos y esa desesperación que me dejaste al marchar. Doy tregua a la batalla de las emociones, en un intento de llegar a un pacto entre la mente y el corazón, en el que les propongo recordarte para después perennemente olvidar.
En tus labios distingo como se dibuja esa sonrisa tan tuya, franca, abierta, extiendo mi mano y suavemente acaricio tu rostro, tus brazos aprisionan mi cintura, alterada, descanso mi rostro en tu pecho, aspirando hondo el aroma de tu piel, percibes mi excite y ríes, vuelvo la vista a ti. Tus expresiones llegan como alas que surcan las murallas de mis emociones, alertando los sentidos que se despiertan con el vibrar de tu voz, me adhiero aún más a tu cuerpo y siento como me voy perdiendo entre las caricias de tus manos y el recorrer con mis labios tu piel, gozo, grito y lloro a la vez, las sensaciones se aglutinan, se confunden me confunden y no atino que decir. Las palabras mueren en mi garganta sin llegar a expresar la gestación de mis inquietes y en la poca conciencia que me resta, vislumbro el universal deseo que me habita, el de perderme y morir en tu piel. En ese instante me olvido del nombre de los sabores que cato de ti, y los objetos que nos rodean no atino ni deseo nombrarlos, porque no interesa si están ahí, y en ese borrar de la memoria, me llega la leve conciencia de que el sueño, la vida y la muerte se han unido y en el soplo de tiempo en que deliro no aciertan que expresar. Abro de nuevo los ojos y miro los tuyos en éxtasis, entonces no puedo más, y suspiro, aspiro, expiro, muero y………. vivo otra vez.
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