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Aún faltaban veinte años para que Asunción renegara de Madrid, para que se revolviera incómoda al pensar que se le iba la vida en metros llenos de nadie, personas como peces bobos que surcaban el interior de la ciudad con expresión ausente.
Juan, el gallego, la había convencido con sus vocales cerrada. Dejar la isla y venirse a la capital con los niños había sido la consecuencia inevitable, casi lógica, de enamorarse de aquel hombre recio y sin dudas.
Se instalaron en un piso modesto de las afueras que fueron llenando poco a poco con muebles de formica. La ciudad no había empezado aún la expansión casi monstruosa que sufriría en las décadas siguientes. Fuenlabrada era un pueblo, no muy distinto a la tierra que habían dejado atrás, pero con algunas novedades.
El llano extenso envuelto en un cielo redondo. El frío seco, tan fácil de combatir. Los coches que podían llevarte a cualquier sitio. Y mientras, el amor, joven, intacto, ahuyentando las nostalgias.
Quedaban veinte años para renegar de Madrid, pero ese día, Asunción se levantó medio en sueños. Detrás de las ventanas, Fuenlabrada rugía como el mar y cuando se asomó a buscarlo, sólo encontró un rebaño de ovejas.
-------------------------------------------------------------------------------- Magua: en las Islas Canarias, término empleado para referirse a la pena, el desconsuelo o la añoranza.
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