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Primero fue tu mirada transparente y vivaz hablándome en silencio, respondiendo a todas mis preguntas, escribiendo todas mis respuestas. Fueron tus manos suaves y tu necesidad de mí. Fueron tu piel y mi piel, una sobre otra, contagiándose el calor de la compañía imprescindible, la seguridad del tacto fiel, el ritmo de la respiración acompasada en el amor. Fueron las lágrimas, pequeñas perlas que encerraban palabras aún no escritas ni escuchadas. Fueron sonrisas espontáneas, gestos irrepetibles. Así te comunicabas conmigo, y yo te recibía con mis brazos llenos de abrazos, mis caricias tanto tiempo guardadas. Pronto diste paso a las carcajadas y a los balbuceos, mientras yo repetía una a una, esas palabras inventadas en tu idioma especial de duende feliz. Poco a poco fuiste expandiendo tu mundo, ampliando también el mío. Fuiste abriéndote camino a fuerza de ganas de vivir, aprendiendo, recibiendo cuanto quise entregarte, enseñándome a sentir. Y un día que se parecía a cualquier otro, pintaste la mañana de luz y color mientras buscabas con tus ojos los míos, para llamarme por mi único nombre, mamá. Encontraste miles de aventuras en tus carreras de gateo y exploraste tu universo encantado con tus graciosos pasitos iniciales. Fuiste incorporando a tu dulce diccionario de hijo amado las palabras que deseabas regalarme. Nos comunicamos desde el primer momento que te tuve en mis brazos. Una comunicación que crece en lo cotidiano, aferrándose al grueso lazo que nos une. Un lenguaje vital, que nos permite crear nuestra propia aldea de sonidos y nos ayuda a seguir adelante, cuando cada noche, entre cien besos, nos decimos con naturalidad 'te quiero mucho'. Hasta el sol, hasta la luna –dices. Hasta las estrellas.
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