|
Maribel siempre llevaba los bolsillos del delantal llenos de nueces, de rugosas y ásperas nueces castañas que acompañaban cada uno de sus movimientos, como si formaran parte de su cuerpo en una simbiosis inapreciable. Eran su amuleto, sus pequeños talismanes diarios. Por la noche, cuando el cansancio le hacía un agujero en las rodillas, se sentaba sobre la silla de enea y engañaba al tiempo alienándolas unas al lado de otras, en un particular y obsesivo recuento, hasta que el sueño conseguía vencerla y caía rota sobre la cama.
Las nueces, ¿qué más podía pedir a la vida?, teniéndolas a ellas nada le faltaba.
-Dime, ¿a qué sabe mi boca Maribel? Y es que cuando Alberto la estrechaba bajo las nubes de cereza preguntándole aquello, no sabía más que repetir incansable:
-Sabe a nueces, a nueces blancas- La pura verdad, su dogma de fe, la única realidad de la que Maribel estaba rabiosamente segura, podría dudar de su nombre, de los años que tenía, del calendario roto que encogía sus números cada vez que los tachaba con ahínco, pero de aquello no, de eso estaba convencida.
Cuando Alberto años atrás, introducía su lengua húmeda y dura dentro de su paladar, bajo los largos atardeceres que se retorcían entre sus pies, ella sentía como si miles de nueces se chascaran dulces e irregulares por sus dientes, como si el fruto almibarado de las nogueras traspasasen sus encías para que todo, todo supiese a él, a ellas, como si aquellas semillas de luna se deszumaran poco a poco y sin remedio por su pelo, por su nuca, por su cuello hasta caer redondos encima de su espalda, sin poder ni querer hacer nada para impedirlo.
Maribel ató el olor espeso y seco de las nueces al dobladillo de su falda, a las jaretas de su blusa, al canalillo de su escote y siempre estaban a su lado rizando sus labios de agua.
|