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Me desperecé en la cama y como todos los días la abracé, pero al hacerlo supe que no era mi mujer. Aparté,temeroso, un mechón de pelo que caía sobre la almohada, interponiéndose como un muro invisible entre los dos, y me detuve a mirarla. Aparentemente era ella, la de siempre, pero sabía que ya no me pertenecía. Fue solo un estremecimiento, pero noté como su cuerpo, aún dormido, rechazaba mi abrazo, y en ese momento supe toda la verdad. Era duro saber que dentro de un par de días, un juez dictaminaría que ya no éramos una familia. Así lo había decidido ella, y ahora, sin gritos, sin peleas, me acababa de responder a la pregunta de porqué lo hacía. Me levanté sin hacer ruido y me alejé. |