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Kjwëll Waits solía bromear a cerca de que la manera más fácil de desaparecer ante el público, era convencerles, sencillamente, de que cerrasen los ojos.
Estando en el taller, Waits instruía a su discípulo sobre los trucos e ilusiones que representarían en la siguiente función. El alumno era un muchacho joven e incrédulo, y por lo tanto era un aprendiz perfecto de magia. Entre ensayo y ensayo, Waits desarrollaba la lección y, en una de estas, el maestro dijo su conocido chiste sobre el truco de desaparecer. Fue entonces cuando el alumno, cansado de escucharlo e incapaz de creerlo, soltó una sonrisa jocosa que enfureció a Waits.
Entonces, y sin perder ni un ápice de solemnidad, el mago propuso a su alumno que cerrase los ojos y comprobase si era o no cierto el truco. El escéptico alumno accedió al juego, sabiendo que Waits aprovecharía para esconderse en cuanto cerrase los ojos y que, en efecto, cuando los abriera ya no estaría delante suya.
Cuando se quedó a oscuras se hizo el silencio. El alumno pensó que Waits ya se habría escondido y volvió a abrir los ojos. En efecto, Waits no estaba. Algo desilusionado por la falta de creatividad de su maestro, el aprendiz llamó a Waits, pero él no contestó. Desganado por lo previsible del truco lo buscó por todos los rincones del taller, pero sin éxito.
Cada vez más nervioso, el joven rebuscó por todas partes: en la caja de espejos, en la jaula sumergible, en el armario de falso fondo. Cada vez más preocupado, el alumno subió a su cuarto esperando encontrarle allí, buscó en todos los rincones de la casa, en el jardín, en la calle, por todo el barrio, por todo el país, por todo el continente, preguntando a todo aquel que conocía, y no eran pocos, al mago Kjwëll Waits.
El joven llegó a recorrer todo el mundo en busca de su maestro perdido por culpa de su descrédito. Finalmente, exhausto y rendido, volvió al hogar del que había partido hacía ya tantos años, al taller donde había visto por última vez a su maestro.
Cuál fue su sorpresa cuando se encontró allí mismo al hombre que había estado buscando durante tanto tiempo. Kjwëll Waits permanecía inmóvil en el mismo lugar donde lo había visto antes de cerrar los ojos.
Llorando de felicidad, el discípulo se abalanzó sobre su maestro pidiéndole perdón, preguntándole desesperadamente dónde se había escondido durante todo este tiempo. Waits, tranquilo, como siempre, le respondió: <<Siempre estuve aquí, delante tuya, pero te cegaba la evidencia>>. |