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Nada más detenerme me colocaron la venda en los ojos para obviar lo ineludible, un gargajo de impotencia se apelotonaba en mi laringe con ganas de huir, por favor, los derechos constitucionales, llamen a mi abogado, los agentes mudos, con una parálisis vocal en las amígdalas. La tentación de usar la pistola les desfiguraba el rostro, el gatillo trémulo, los índices a punto de obsequiarme con una libertad eterna, un sinfín de baches en el camino hacia la comisaria. Les llamaron por la emisora del coche, alguien daba órdenes o gritaba consignas con rabia de gasolina, regresen, han cometido un error. Con el gaznate a prueba de bombas, la sonrisa torcida hacia la complacencia, apagaron los cigarrillos en el cenicero como quien compra dos manojos de puerros, el ardor de mi estómago incendiaba la conciencia, un eructo grabado en las miradas pétreas del espejo retrovisor, un frenazo acompañado de un insulto de procedencia ilícita. Abrieron la puerta con afabilidad de puercos, la cuneta apestaba a detritos variopintos, caí de espaldas con un aviso letal en el ceño, cuidado, la o anunciando a bombo y platillo una defunción cercana, las armas ansiosas en sus fundas. El vehículo patinaba en las curvas para competir con la grava, mi miedo rojo, atribulado, el escroto afanado en recomponer su silueta, un uf pecaminoso tornaba a mis labios flacos, una costra de herida cicatrizada se abalanzaba sobre los guijarros.
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