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Experimentar el vértigo es una de las sensaciones más agradables que conozco, de hecho me es difícil concebir la vida con situaciones exentas de un cierto peligro vertiginoso.
En la juventud más pueril lo que sientes con las nuevas experiencias; luego con los años te das cuenta que aquello de probar algo por primera vez simplemente fue un peligro irresponsable, eso sí, dulce en su forma pero probablemente amargo en su contenido.
Esa mezcla de decisión, riesgo, capacidad para dosificar la adrenalina, todo eso es el vértigo.
Saber cuando y donde te apetece sentirlo es el arma más poderosa que te da la experiencia, y la habilidad de saberlo controlar, porqué indudablemente también te puedes caer.
Pero es maravilloso tener el poder de decidir cuando y como te tiras al vacío. Tienes la facilidad de hacer que las amarguras de los contenidos se disipen con facilidad y entonces te quedas con las esencias de las formas, y las saboreas y disfrutas como un gran plato de vértigo servido con las más refinadas maneras culinarias. Todo ello sin olvidar que en la vida, como en todo, siempre hay situaciones de subida y de bajada. Y un día pides a gritos, a los cuatro vientos: ¡dejad que disfrute del vértigo de la subida! que la bajada me importa poco porqué ya he bajado - o me he caído, o me han tirado - muchas veces y por tanto tengo el don de proyectarme hacia una nueva subida con pocas consecuencias por el golpe.
El vértigo de amar lo prohibido es lo que deseo para el resto de mi existencia, si hay otra, ya veremos. |