La primera vez que me di cuenta de que se trataba de alguien especial llovía. Sí, me parece que llevaba toda la tarde lloviendo y el cielo no daba indicios de querer rectificar. Era una de esas anodinas tardes de martes que se desdibuja en nuestras vidas sin pena ni gloria como tantas otras, pero recuerdo que llovía con insistencia. Si no hubiese sido porque hay que llevar a la niña los martes y los jueves a baile, seguro que esa tarde no hubiéramos salido. Como cada martes durante el curso escolar, salimos apresuradamente olvidándonos de la mitad de las cosas que necesitábamos. Ya se sabe que cuando hay prisa hay que ir despacio, pero a mí las cosas que ya se saben siempre se me olvidan. Menos mal que la niña es muy precavida y tiene completamente claro lo despiste que soy, y anda ya cubriéndome la espalda con su madre y preparándose un kit parasituacionesimprevistas que ya me ha salvado el culo más veces de las que merezco. Aunque me debería saber el camino hasta dormido, no sé cómo cuando me quise dar cuenta estábamos en la Nacional III camino de Elche. Intenté disculparme pues ya ni de coña íbamos a poder llegar a la hora, y sabía lo importante que era la clase de baile para mi hija, pero la niña mirándome con ojos tristes me dijo:
-No te preocupes papá. He cogido todo lo que realmente necesitamos en la bolsa. Al baile pueden darle mucho por el culo. Lo importante es que mamá no vuelva a maltratarnos de ninguna de las maneras.