|
Y rápidamente, sin pensar, miré hacia aquel lugar, exhausto, asustado. Pero no había nadie allí. Sabía que me estaba persiguiendo, sabía que yo no caminaba solo.
Aquella esquina, parecía tan solitaria y oscura como de costumbre, y parecía no haber sido pisada desde hacía una eternidad. Pero yo sabía que no era así.
Caminé hasta poder esconderme en una esquina al final de la calle, donde podía observar detalladamente aquella esquina. En unos segundos aparecería, pero no sabía qué hacer. Quizá debía atacar, defenderme, y acabar con esta persecución que duraba ya toda la noche, o quizá, debía permanecer quieto, casi sin aliento, y esperar a que se marchase.
La espera se hacía más y más angustiosa, y yo miraba a mi fiel amigo, Santiago, que seguía herido y sin ánimo por despertar, totalmente pálido.
-Despierta, despierta, no te rindas, saldremos de aquí.- y aunque intentaba animar a mi amigo, o hacerle despertar, lo que realmente quería era animarme a mí mismo, intentando hacerme más fuerte.
Un pie asoma la esquina, y de repente, como si el tiempo se parase, salió un hombre con una oscura y larga gabardina, y con una pistola en la mano. Me miró, y fue lo último que pude ver, la mirada de un hombre que había encontrado lo que quería. Me había encontrado a mí.
Y entonces deseé estar muerto.
|