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Me levanté del sillón aquel domingo, sola, adormecida y cansada de tanto estudiar aquella tarde. Me desperecé, y fui a la cocina. Abrí la nevera, y saqué un cartón de leche. Llené un vaso, y comencé a bebérmelo mientras miraba una bola de pelo que entraba por la puerta. "Peludo", (que así se llama el gato de mi compañero de piso) entraba en ese mismo instante por la puerta para agobiar, como suele ser costumbre.
-Ay, pero qué pesado eres- le dije, dándole un pequeño empujón, ya que se había subido a la mesa de la cocina - ¿qué quieres? – pero no lograba que se bajara. La verdad es que nunca me han gustado los gatos, ni ningún animal, si soy sincera. Pero es que mi compañero de piso ama a aquel gato con locura. Simplemente al gato le gustaba subirse a la mesa de la cocina, ya que estaba fresquita. Volví al sofá. Y ahí estaba yo, con un vaso de leche en la mano, cambiando de canal una y otra vez.
Ya a la hora de cenar, decidí darme otro descanso del estudio. Miré al otro sofá, pero no vi al gato blanco y peludo, al que tan a menudo acostumbraba ver dándose paseos por el comedor, menos aquella tarde.
Me dirigí a la cocina, pero tampoco estaba allí. Miré la mesa de la cocina, no sé por qué, quizá echaba de menos a aquel animal que, aunque no me gustaba demasiado, hacía que no estuviera sola cuando mi compañero no estaba. Pero si el gato estaba enfadado, puede ser que ya no volviera a subirse a la mesa de la cocina. .
Pero entonces, al dirigir la mirada al frente, lo vi allí, mirándome desde el otro lado de la puerta, sentado en mi sillón, justo en el lugar donde dos minutos antes había estado sentada toda la tarde estudiando. Me resultó irónico.
Y bostezó.
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