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El autocar no disponía de asientos tan amplios como el tren, era evidente. Le resultaba un poco incómodo viajar encajonado en un asiento cuyo brazo común se disputaban sin querer su codo derecho y el izquierdo del desconocido viajero del asiento contiguo. Ambas articulaciones se rozaban de cuando en cuando, y al notar el contacto se retiraban con prudente cortesía, como no queriendo aparecer ante el otro como acaparadores del exiguo privilegio que supondría asentarse sobre ese duro punto de intersección, hecho de plástico rígido y abatible. Tras de unos cuantos roces involuntarios seguidos de cívicas retiradas, el aviso de un mensaje recibido en el móvil ocupó los dos brazos de su vecino de asiento, que se apresuró a manipular el aparato mensajero, liberando el brazo plástico y fronterizo interpuesto entre ellos.
Lo observó de reojo mientras leía, sonriendo a medida que recibía la comunicación escrita recién llegada. Tal vez eran buenas noticias; o quizás la persona que remitía el mensaje, o el mensaje en sí le habían hecho recordar algo muy divertido de puertas adentro que le hacía sonreír de puertas afuera.
Hablando de recordar, a él no podía pasársele pasar por el taller al llegar. Tenía que avisarlos para que intentaran reparar su viejo coche. Además de que lo necesitaba para desplazarse, sentía que se lo debía. Anda que no lo había pasado bien ni nada conduciéndolo. E incluso con él parado. |