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Fátima y Mohamed son los nombres ficticios de una pareja ficticia que vive en un ficticio país africano con la cruda realidad de formar parte de la cola de una de las pateras que esperan la oscuridad de la noche para intentar atravesar el trozo de mar que les separa de un mundo casi imaginario que han ido idealizando en sus mentes con las palabras que oyeron a los mayores.
No son ellos los primeros que piensan así ni serán los últimos. Cientos de personas atravesarán esta noche el mar: unos, los menos, conseguirán esquivar la vigilancia de la costa y engrosar las listas de "los sin papeles" de alguna ciudad; otros serán atrapados al llegar a tierra y los hacinarán en algún centro a la espera de ser deportados a sus países, y... otros, con menos suerte, jamás verán el nuevo día.
Pero todos tienen algo en común: salir de una tierra donde la miseria o las guerras civiles son el pan de cada día con la idea de volver algún día cuando las cosas hayan cambiado. Para ellos no es fácil dejar la casa donde nacieron, dejar a sus padres y, en muchos casos, a sus hijos.
Poder ampararse en algún lugar de Fuerteventura, Cádiz o Málaga es casi llegar a la "Tierra Prometida" que antaño buscaron los hebreos.
Los telediarios de todos los canales de televisión nos muestran con demasiada frecuencia las trágicas imágenes de algún inmigrante magrebí que se quedó a medio camino de la próspera tierra y los encuentran en una playa, envueltos en sábanas plastificadas de oro o plata, compartiendo la arena con los bañistas.
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