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Ingrid volvió a casa en un estado mental absolutamente caótico. Nunca había creído en eso del amor a primera vista. Bueno, desde el día que lo conoció, dos semanas antes, ese concepto había cambiado. En su siguiente encuentro, apenas unos días después, se dio cuenta de que, efectivamente, se había enamorado. No de algo en concreto, sino de él en su conjunto. Esa dulzura con la que le hablaba, esas manos tan limpias y blancas, esa barba tan bien cuidada… Estaba segura de que lo quería para ella, intuía que podrían ser muy felices juntos, que había tanto que podrían compartir.
A sus poco más de treinta años, nunca había sentido algo igual, y ya iba siendo hora.
Hoy, sin embargo, el encuentro había resultado bastante traumático. Él, serio, profesional, intentó explicarle lo mejor que supo. Intentó animarla, le propuso opciones, le dio consejos. Ella le escuchaba sólo a ratos. Embelesada, se preguntaba cómo olería su cuello. Entonces volvía a prestarle atención. Y de nuevo, pasados unos segundos, volvía a escabullirse en sus pensamientos. Llegado un punto, con los ojos lagrimosos, se limitó a mirarlo, a amarlo vivamente, sin escuchar absolutamente nada de lo que él, amable, cercano, le explicaba. Se trataba de un simple mecanismo de defensa. No quería escucharle más, no necesitaba saber más. Él, en un ejercicio de humanidad, alargó sus manos para acariciar las de ella. Ingrid se preguntó cómo era posible amar con tanta fuerza a alguien que parecía estar acostumbrado a decir semejantes palabras…
- .. no sabe lo que lamento comunicárselo, pero cuando lo hemos descubierto el tumor ya estaba muy desarrollado…
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