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La exposición constaba de veintitrés cuadros. Su creador era un reputado artista de fama mundial y aquella era, sin lugar a dudas, la mejor selección hecha hasta la fecha. Miles de ojos se posaban en aquellas pinturas cada día. Y muchos de aquellos ojos intentaban hablar con los cuadros, o hacían como que lo hacían, o mostraban interés, o incredulidad, o desidia, o aburrimiento, o entusiasmo... Sea como fuere, todos ellos parecían mantener con vida, de un modo u otro, aquellos objetos inertes que colgaban cuidadosamente en las amplias paredes de una sala habilitada especialmente para aquella exposición. Sin embargo, un cuadro de los veintitrés pasaba completamente desapercibido. Era el cuadro invisible, el cuadro que nadie recordaba una vez vista la exposición al completo, el cuadro del que nadie habla, el cuadro que nadie piensa en comprar, el cuadro inservible, el cuadro absurdo, el cuadro que no es cuadro, porque no es nada, porque no merece la pena, el cuadro indiferente del que todo el mundo se desentiende porque nadie lo ha entendido, porque nadie necesita entenderlo puesto que hay otros mucho más inteligibles codeándose con él. Por eso, cuando aquel cuadro observaba aquellos ojos que observaban a otros cuadros no podía hacer otra cosa que fruncir el ceño y reírse para sus adentros. Los humanos dan risa- pensaba- siempre pensando lo que piensan que deben de pensar . Y no le faltaba razón. Nunca llegó a descubrirse que antes de que el pintor pintase aquellos veintidós cuadros tuvo que ser el cuadro veintitrés el que primeramente pintara con destreza al artista de fama mundial.
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