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Un último esfuerzo y sería suyo. Podía conseguirlo. Lo tenía al alcance de la mano y no debía claudicar. Se encontraba agotado, le faltaban las fuerzas e incluso el aliento, pero estaba en juego su dignidad, lo poco que aún le quedaba de su antigua arrogancia.
Toda su vida había sido un luchador. Nació pobre, y desde niño había trabajado duro y en las condiciones más adversas. La competencia en ocasiones fue cruel, despiadada, y se vio obligado a utilizar procedimientos poco ortodoxos para alcanzar sus objetivos, hasta que llegó a las más altas cotas de poder y riqueza. Cientos de personas estuvieron bajo sus órdenes, a su capricho. Estaba acostumbrado a la adulación, admiración, respeto, y hasta pleitesía; sus enemigos le envidiaban y temían. Nada le turbó en su propósito, ni siquiera lo que en el camino perdió por conseguirlo: sus esposas se cansaron de esperarlo; sus hijos se fueron alejando de él como de un desconocido; no tuvo amigos, sino competidores o aduladores; los amaneceres sólo le inspiraron dinero, y los atardeceres congoja por dejar de ganarlo. Pero había merecido la pena. Había llegado a la cumbre de lo que la sociedad consideraba el éxito.
Ahora, de nuevo, debía seguir luchando solo. No podía flaquear… Y por fin lo consiguió. El anciano sujetaba con fuerza el timbre de llamada, cuando la auxiliar geriátrica acudió para cambiarle el pañal por tercera vez aquel día. |