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Estar cerca de personas desconocidas en los lugares públicos me solía resultar, a la vez, repulsivo y atractivo. El contacto involuntario e inevitable puede estar acompañado de agradables sorpresas o de incómodos momentos; en todo caso, ese día en el autobús que me llevaba hacia las afueras, no iba pensando precisamente en eso, sino en lo tarde que llegaba al trabajo. Iba apoyado en la barra final del autobús, de pie, mirando por el espejo trasero hacia la calle abarrotada de tráfico. A mi lado estaba situada una chica de no más de 20 años y de escasa estatura. No es que yo sea alto, pero mi ángulo de visión estaba claramente situado en la vertical descendente del ajustado escote de su estrecha camiseta veraniega. Ella tenía un objetivo muy claro: apoyarse en la barra trasera del autobús, dado que su altura le impedía alcanzar las agarraderas superiores; y para ello, debía desplazarme a mí del lugar donde estaba cómodamente situado. Introdujo su brazo entre mi cuerpo y el del vecino sin mucho miramiento, yo comprendí su necesidad y agradablemente complacido por la visión que se me presentaba, consentí su presencia. Sus pechos no eran grandes pero destacaban firmes en un aparentemente liviano sujetador y permitían la existencia de un pronunciado canal lleno de gotas de sudor sobre un ligero vello rubio. Mirar, no mirar, ¿se está dando cuenta que he clavado mi mirada en ella? La posición seguía siendo incómoda para ella, el brazo demasiado extendido, por lo que introdujo su cuerpo, para mí la parte trasera, para mi vecino la delantera, entre ambos y con firmeza colocó su cuerpo. Mi visión se limitó a un abundante pelo rubio y al contacto con el lado izquierdo de mi cuerpo, una cercanía agradablemente calurosa. Mi posición había empeorado claramente, estaba demasiado cerca de la puerta abatible, en ese pequeño hueco entre la escalera, las hojas plegadas de la puerta y el cristal. Ella pudo girarse y colocarse mirando por el espejo posterior del autobús. Por fin, estaba cómoda. Yo no. La siguiente parada llegó enseguida. Al abrirse la puerta me quedé completamente estrujado sobre el cristal y la barra.
- Joder, la puerta - dije en tono bajo cuando casi fui aplastado.
Ella ni se inmutó.
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