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Diez años antes. Eran casi las cinco de la madrugada.
Fue una noche embrujada, cargada de juegos eróticos. Se había dormido boca abajo, con una pierna sobre las mías y la otra colgando de la cama. Yo estaba con una mano bajo mi cabeza y la otra bajo la cabeza de Rafaela, despierto, mirando el balanceo rítmico del ventilador de techo con sus paletas descalibradas. Por las ventanas abiertas y entre la danza candorosa de las cortinas entraba una brisa impregnada de olor marino. Un aroma que había viajado por encima del Mediterráneo, desde las arenas de Africa, desde las tiendas beduinas, pasando por el Orán de Camus, pero sin peste, embarcada en pesqueros italianos. No había bullicio, tan sólo un tenue sonido de olas, cayendo una encima de la otra a los pies de Portofino.
Retiré la pierna de Rafaela con suavidad para no despertarla y traté de liberar mi brazo aprisionado por el peso de su cabeza. No quería despertarla.
Abrí los postigos de madera y me apoyé con los antebrazos sobre el marco carcomido por la lluvia y el sol. El aire fresco inundó mis pulmones.
Su mano me tocó el hombro y me sobresalté. Apoyó su pecho en mi espalda, me rodeó por la cintura y nos tendimos en el suelo.
No he regresado a Portofino, tampoco he vuelto a ver a Rafaela, pero aquella noche me bastó para viajar por el deseo.
Diez años después en una celda del Monasterio de San Jorge.
Cinco de la madrugada. Primera oración.
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